Qué regalar a una mamá reciente

family-457235_1920Cuando una mujer da a luz, siempre nos solemos presentar a hacer la visita de rigor con un regalito para el recién nacido: unos patucos, un conjunto de ropa, quizás unas sábanas para la cuna… ¿Pero qué pasa con la madre? ¿Quién se cuerda de ella? Acaba de dar a luz a un bebé, posiblemente se encuentre dolorida, hipersensible y algo confusa ante la nueva situación. Si quieres mimarla un poco y darle algún detalle, te dejo estas propuestas: Sigue leyendo

El ataque de las madres talibanas de la teta

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Imagen: Pixabay

Hace unos días estuve leyendo historias de madres que habían querido dar el pecho pero que, por una razón u otra, no habían podido. Me entristecí bastante porque me di cuenta de que ellas lo habían pasado muy mal, algunas seguían pasándolo mal, y estaban convencidísimas de que, aunque lo habían intentado, la lactancia materna no había sido posible y se resignaban a creer que “no todas las mujeres pueden”.

Como digo, me da mucha pena, porque creo que la mayoría de ellas sí que habrían podido de contar con la información y, sobre todo, con el apoyo necesario. No llego a comprender cómo, en pleno siglo XXI, se sigan escuchando y creyendo frases del tipo: “tenía muchísima leche pero no era nutritiva”, “mi niño estaba amarillo porque mi leche no le alimentaba” o “no todas tenemos leche”. Que sí, ya lo sé, hay casos raros, rarísimos, en los que existe un problema REAL que impida una lactancia materna exitosa, lo que no me entra en la cabeza es que la mayoría de las mujeres tengan temor a ser una de ellas y, lo peor aún, que crean que de verdad no pueden.

Te voy a contar mi caso. Cuando me quedé embarazada me llamaba la atención que las chicas me preguntaran si iba a dar el pecho. Era algo que nunca me había planteado porque, lo veía algo tan natural, que no me paré a pensar dar el biberón. Según transcurrían los meses iba escuchando historias de lactancias maternas frustradas. Sigue leyendo

Más amor y respeto a los niños, por favor

nails-1420329_1920Creo que con el título está todo dicho, no? Me da mucha pena escribir este post, porque creo que las cosas deberían ser diferentes. Nuestros hijos son las personas a las que más queremos, a las que más amamos, pero parece que se nos olvida. Son seres indefensos que dependen absolutamente de nosotros para todo. Están conociendo el mundo, están creciendo y aprenden a través de las experiencias que les proporcionamos, a través de las cosas que les mostramos, a través de las palabras que les decimos.

Hoy me han dado ganas de llorar mientras estaba en el parque con mi niño. Éste estaba jugando con otro niño mucho más mayor, quizás de 8 años. El niño le cayó genial, el mío se reía y al otro parecía que le gustaba mucho hacer feliz al bebé, tenía cuidado en sus movimientos y le pedía a su hermano (que estaba sentado detrás) que no remara muy fuerte para que mi hijo no se cayera. Vamos, un encanto de chiquillo. Pero el padre debió escuchar cuando le decía a su hermano que tuviera cuidado por el bebé, porque el hombre apareció como un energúmeno (no sé dónde estaría antes, pero mirando lo que hacían sus hijos no) y les dijo a los dos que salieran del parque. Como los niños no lo hicieron (básicamente porque no hubo ni tiempo de reacción), el hombre comenzó a amenazarles con dejarles el culo rojo y romperles las orejas. Los niños se bajaron despacio del columpio y ya iban a salir, pero como tardaban (vamos, que no pasaron ni 3 segundo desde la amenaza), el padre les soltó: “A ver si te van a gustar más las manos que la boca”, en clara alusión a que querían que les pegara un guantazo.

En serio, ¿por qué le hablan así a los niños? El hijo pequeño no tenía cuidado porque era pequeño y le podían sus ganas de gastar energía, pero el mayor se estaba comportando de forma responsable, jugando con mi niño, haciéndole feliz, mostrándole respeto y, encima, instruyendo a su hermano de buenas maneras. ¿Por qué el padre reaccionó así? ¿Y por qué con tal impunidad? ¿Por qué ninguno de los que estábamos allí fuimos capaces de decirle nada a ese señor?

Me dio tantísima pena… Y no es la primera vez que presencio algo por el estilo. Son nuestros hijos. Somos su modelo a imitar. Para ellos somos lo más de lo más, la máxima autoridad, los que siempre tenemos razón y lo que opinemos de ellos, o lo que les hagamos sentir, les va a dejar marcados para siempre. ¿Cómo podemos hacerles creer que les pegamos por su bien, que les amenazamos por su bien, que les gritamos y humillamos por su bien? No, las personas que se quieren no se hacen eso. ¿Cómo podemos echarnos luego la manos a la cabeza cuando nos hablan de casos en los que los hijos pegan a sus padres? ¿Alguien se ha parado a pensar qué es lo que ese niño ha vivido en carne propia? No le hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti y, mucho menos, si son las personas a las que más amas en el mundo.

¿Y tú, conoces algún caso como el que te he contado? ¿Qué sientes en esas circunstancias? ¿Alguna vez has intervenido? ¿Si lo viviste, recuerdas qué sentías? 

Bebés y gatos

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En casa somos 5, mi chico, mi bebé y dos maravillosas criaturas de cuatro patas que se pasan el día acurrucados en el sofá o pidiendo comida aunque el cacharro haya sido rellenado hace 20 minutos. Son dos gatos adoptados en diferentes años y lugares a los que queremos mucho por eso, sabíamos desde el principio, que la llegada de un bebé no iba a suponer ningún cambio en sus vidas salvo, claro está, el tener que aprender a convivir con él (igual que nos pasaría a nosotros).

Tuvimos que escuchar mil historias, cuentos y leyendas: “Ten presente que los gatos son muy traicioneros”, “Nunca se te ocurra dejar al niño solo con ellos”, “A ver si se van a poner celosos y te van a arañar al niño”, “Ten cuidado, que los gatos le pueden sacar un ojo”… y así, hasta el infinito.

No tuvimos que hacer absolutamente nada para que los gatos tomaran conciencia de que iba a llegar un nuevo miembro a la familia. Cuando montamos la cuna, la gata se la apropió y se quedaba a dormir en ella. Lo mismo ocurrió cuando dejamos el capazo a la vista. Me gustaba que se pusieran a dormir cerca de mi tripa y ronronearan durante el embarazo. Me parecía muy tierno y una buena forma de que el niño los reconociera una vez nacido. Sigue leyendo

A contramarcha: Porque la vida de tu hijo está en juego

unnamedAlguna que otra vez me he quejado sobre lo incompletas que resultan las charlas de la matrona, así como de la escasa o nula información que nos dan acerca de aspectos verdaderamente importantes sobre los cambios que vamos a padecer más allá del parto. Pues bien, una de esas charlas que ahora veo que son tan necesarias como el comer y que nunca tuve son las referentes a las sillas de retención infantil (SRI) o, lo que es lo mismo, las sillas de bebés para el coche.

Cuando fuimos a comprar el carrito del niño optamos por una trío, pues venía el capazo, la sillita de paseo y el grupo cero. En ningún momento me planteé si ese “huevito” era suficiente para llevar a mi niño. Lo veía únicamente como algo que la Dirección General de Tráfico exigía y ya está. No me paré a pensar nada más y en la tienda tampoco es que me contaran nada…

Conforme pasaban los meses, fui adquiriendo un poco más de información, pero fue gracias a una amiga cuando empecé a descubrir que en el universo sillas para el coche había que hacer un máster como para el de portabebés. Es decir, que, aunque estén homologados, no significa que sean buenos.  Sigue leyendo

Bebé ecológico: Pañales biodegradables

Cuando me quedé embarazada tuve muy claro que quería reducir al máximo la huella ecológica de mi bebé. Soy la típica “loca” que pasea por la orilla de la playa recogiendo a su paso bolsas, latas, colillas, botellas y demás desperdicios que los bañistas dejan abandonados tras su maravilloso día de descanso. Amo la naturaleza y tener en mi mente la imagen de montañas y montañas de pañales usados en el vertedero, no me molaba nada.

Justo por esas fechas (9 meses dan para ver mucha tele), me topé con un reportaje de El escarabajo verde que me hizo ver la luz: ¡los pañales de tela existían! Pero no esos pañales que me ponía mi madre con imperdibles y un plástico alrededor. Eran pañales normales, con su forma estándar ya hecha, pero con materiales respetuosos con el medio ambiente, como algodón y bambú.

A mi chico no le entusiasmó mucho esa idea. Sólo pensar en tener que lavarlos tras los regalitos de nuestro hijo, poner y tender lavadoras ya se le hacía cuesta arriba, así que me puse a indagar por otro lado y descubrí los pañales ecológicos, pero sin descartar del todo los otros. No eran de tela pero se desintegran mucho antes que los que todos conocemos. Así que, mientras lo intentaba convencer, decidimos que los primeros días del bebé íbamos a utilizar unos desechables ecofriendly. Más que nada porque no nos íbamos a poner a guardar los pañales sucios durante nuestra estancia en la clínica y por el tema del meconio, que es más engorroso de limpiar.

Miramos páginas y páginas en internet, leímos foros y, finalmente, optamos por comprar éstos: Sigue leyendo

Mi parto: las heridas no sólo son físicas (I)

Imagen extraída de Pixabay.com

Imagen extraída de Pixabay.com

He tardado mucho en escribir este post. Ha pasado bastante tiempo desde que di a luz a mi pequeño y creo que ya es hora de cerrar esa herida. Sí, herida. Mi parto no fue como lo deseé. No hubo cesárea ni complicaciones que hicieran peligrar nuestras vidas y, sin embargo, me cuesta recordarlo como algo bonito.

Tenía muchas expectativas puestas en él, pensé que estaba empoderada, que presentando el plan de parto ya estaba casi todo hecho y que, si veía que algo se salía de lo que solicitaba, iba a tener el valor de enfrentarme y hacerme valer, pero no fue así.

Dos noches antes de la FPP, unos fuertes dolores en el bajo vientre me hicieron despertar. Pensé que se trataba de contracciones “de entrenamiento”, como yo las llamaba, esas que te avisan de que el momento del parto se va acercando, pero que se pasan pronto y, como si nada, vuelves a la normalidad. Había leído a muchas chicas decir que pensaban que estaban de parto, habían llegado al hospital y se les había parado, por lo que regresaban a casa. Pues bien, yo creí que me ocurría lo mismo, así que no le di demasiada importancia. Sigue leyendo