Mi parto: las heridas no son sólo físicas (II)

Imagen: Pixabay.com

Imagen: Pixabay.com

Como empecé a contarte en el anterior post, el parto, aunque no fue un episodio horroroso, sí que me dejó un poco tocada porque no fue como lo tenía en mente. Tras dejarme hacer varias cosas a las que había renunciado en el plan de parto (como la monotorización y la vía), sucumbí a la epidural, que era algo que quería evitar.

Me la pusieron a las 12 del mediodía, 8 horas después de la primera contracción y 3 horas después de llegar a la clínica. En ese momento, me encontraba dilatada de 6 centímetros y me acordé de lo que nos había dicho la doula: “Cuando llegas a los 5 ó 6 cms es cuando empiezas a gritar pidiendo la epidural”. Creo que ahí empezó a ir mal mi parto, el cómo lo quería vivir.

Me pincharon en medio de una contracción, porque seguían siendo irregulares, pero muy intensas y seguidas. Me estuve quieta como pude. En medio de esa contracción, el anestesista me hizo una pregunta, pero esta vez sí que no contesté, me centré en aguantarla. (Nota para los anestesistas y matronas que lean esta entrada: ¡Por favor, no le hablen a las parturientas cuando tienen contracciones!!!!!!!!!! Gracias) Al cabo de unos pocos minutos, ya no sentía nada y ahí fue cuando desconecté del parto. Me quedé como estoy ahora. Tan tranquila, sin dolor, sin molestias. Sólo sabía que estaba sufriendo contracciones porque la gráfica no paraba de indicarlo y eran contracciones bestiales, algunas se salían del papel, pero yo ya no sentía y eso me lo chafó todo.

Tuve que permanecer monitorizada y tumbada boca arriba casi todo el tiempo, me pusieron la segunda dosis de antibiótico y, en dos ocasiones, me tuvieron que poner oxígeno porque las pulsaciones del niño descendían. A partir de ponerme la epidural, volví a tomar conciencia del tiempo, de lo que pasaba a mi alrededor, y eso me empezó a preocupar más que dar la bienvenida al mundo a mi hijo.

El tiempo se me pasaba muy despacio. El personal nos dejó solos a mi marido y a mí en el paritorio, con las luces ténues y la música que había llevado de casa. Nos interrumpían muy poco (ya podrían haber hecho eso antes), pero la matrona estaba dale que dale diciéndome que estaba convencida de que si rompía la bolsa, el niño coronaría y saldría enseguida. Me lo dijo una vez, me lo dijo otra…, a la tercera ya le dije que sí. (Otro gran error. Mira que tenía puesto en el plan de parto que no quería que me rompieran la bolsa y ahora yo estaba dando el consentimiento). ¿Por qué dije que sí? Por el mismo motivo por el que hice ese plan de parto, porque no soy capaz de enfrentarme a la gente, porque sucumbo y hago o me dejo hacer cosas que no quiero por no entrar en conflicto…, porque soy gilipollas y pienso más en los demás. Como te digo, estaba más pendiente de no molestar, que de mi hijo. “Fíjate, todo el tiempo que llevo aquí y aún nada… Madre mía, que se le acaba el turno y yo aún no he parido… Buf! Qué plasta soy que sigo ocupando un paritorio…” Gilipolleces que a una se le vienen a la mente cuando la han educado para obedecer y molestar poquito.

La matrona pinchó la bolsa y yo no me enteré de nada, no sentí el líquido amniótico, no sentí nada. Eso me da tanta rabia… No sé lo que es romper aguas, no sé lo que se siente, y consentí que dejaran a mi bebé sin su máxima protección sólo por mi falta de empoderamiento. ¿Y sabes qué fue lo peor? Que la matrona no acertó, el niño siguió donde estaba, no se adelantó el parto.

Al final, y tras 5 horas interminables y aburridísimas, el ginecólogo me dijo: “Bueno, vamos a empujar ya”. ¿Ya? (El hombre tenía su primera consulta de la tarde en media hora, así que no esperó más). Empujé muchas veces, cuando me lo indicaban, porque veía en la gráfica que había contracciones pero yo seguía sin notarlas. “¿Puedo usar la ventosa? Abre los ojos. Mira, es pequeña. Así ayudaría a bajar”, me dijo el ginecólogo. ¿Qué dije yo? Efectivamente, que sí. Otra contradicción más. Por suerte, la ventosa se cayó sola en el segundo empujón y ya no hizo falta volver a ponerla. Y, cuando ya estaba coronando, el hombre hizo todo lo posible por abrir el hueco para que saliera la cabeza. Eso me dolió muchísimo. Así que me informó de que me iba a hacer un corte pequeño y accedí también. Bueno, de eso no me arrepiento tanto, al menos me avisó y fue realmente pequeño, sólo 3 puntos.

Cuando por fin salió mi niño, me lo dio rápidamente y me lo pusieron en el pecho. Fue una sensación tan extraña… Estaba tan desconectada del parto, que me sentí rara. ¿Esa criatura tan arrugada y llorona era mi hijo? ¿Y qué hago ahora? ¿Por qué no me salen lágrimas de emoción como a las buenas madres? ¿Por qué no lo siento como mi hijo? ¿Realmente eres tú ése al que he estado imaginando durante 9 meses?

Me preguntaron si lo podían coger para limpiarlo, pesarlo y hacerle las pruebas. Les dije que sí (tendría que haber dicho que no) y se me partió el alma cuando vi al pediatra limpiándole con las sondas. Estaba escrito en el plan de parto que no quería que le hicieran eso y ahí nadie me preguntó. Cuando vi lo que le hacían y escuché a mi niño llorando como un descosido sentí un dolor en el alma que no puedo explicar. Y yo ahí, en la camilla, sin decir nada. No porque no quisiera, sino porque no podía. No me atrevía…

Metieron al niño en la cuna de cristal, se lo dieron al padre y se lo llevaron a la habitación. Mientras tanto, a mí me cosían, me medio limpiaban y me trasladaban a la camilla en la que sería llevada a la habitación junto con el pequeño. Una vez allí, pudimos comenzar a hacer nuestra hora de piel con piel, con el “suave” ruido de unos martillazos y gritos provenientes de nuestro balcón, pues unos obreros estaban haciendo reformas en la fachada de la clínica…

Los primeros días consideré que había sido un parto bueno, vaginal, con epidural (sin dolor), medianamente rápido, con pocos puntos…, pero con el paso del tiempo empecé  a verlo de otra manera y a darme cuenta de todas las cosas que hice sin querer hacerlas de verdad. No me perdonaba el no haber estado empoderada, el no haber sabido decir que no a algunas cosas, el no ponerme a dar gritos como una loca para que me dejaran de hablar, para que me dejaran tranquila y remitirles siempre al plan de parto. Culpable por haber pensado más en el personal que me atendía que en mi propio hijo. Era mi parto, era la llegada de mi niño, algo que nunca jamás se iba a repetir y ya no podía dar marcha atrás para arreglarlo, no iba a tener la oportunidad de volver a vivirlo y de acogerle como merecía.

Tuve una discusión con mi marido por no haberme ayudado en ese momento a que se respetara lo que había dejado por escrito, por haber olvidado todo lo aprendido en las clases de la doula, por olvidarse de tomar las riendas… Él estaba más pendiente de mí que de todo eso. Sólo quería que yo estuviera bien y se le olvidó que necesitaba silencio, se le olvidó que tenía que ser él el que respondiera a las preguntas, se le olvidó tantas cosas…, pero tampoco se lo puedo echar en cara. Sólo espero que, si hay una próxima vez, la cosa sea diferente.

Me ha quedado claro que cuanto más retrase la llegada a la clínica, mejor. Esas 4 horas en casa se me pasaron volando y medio aguantaba pero, una vez en la clínica, ya empecé a llevarlo peor y, con la epidural, mi conexión con el cuerpo y con el bebé se esfumó. Admiro tantísimo a las chicas que dan a luz en sus casas… Yo no sé si podría, creo que hay que estar muy segura de una misma para ello, pero también creo que esa experiencia tiene que ser maravillosa. Raquel del Rosario lo hizo así con su primer hijo y está a punto de repetir con el segundo. ¿Conseguiré tener una experiencia así alguna vez?

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s