Mi parto: las heridas no sólo son físicas (I)

Imagen extraída de Pixabay.com

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He tardado mucho en escribir este post. Ha pasado bastante tiempo desde que di a luz a mi pequeño y creo que ya es hora de cerrar esa herida. Sí, herida. Mi parto no fue como lo deseé. No hubo cesárea ni complicaciones que hicieran peligrar nuestras vidas y, sin embargo, me cuesta recordarlo como algo bonito.

Tenía muchas expectativas puestas en él, pensé que estaba empoderada, que presentando el plan de parto ya estaba casi todo hecho y que, si veía que algo se salía de lo que solicitaba, iba a tener el valor de enfrentarme y hacerme valer, pero no fue así.

Dos noches antes de la FPP, unos fuertes dolores en el bajo vientre me hicieron despertar. Pensé que se trataba de contracciones “de entrenamiento”, como yo las llamaba, esas que te avisan de que el momento del parto se va acercando, pero que se pasan pronto y, como si nada, vuelves a la normalidad. Había leído a muchas chicas decir que pensaban que estaban de parto, habían llegado al hospital y se les había parado, por lo que regresaban a casa. Pues bien, yo creí que me ocurría lo mismo, así que no le di demasiada importancia. Intenté aguantar como pude. Me acostaba de un lado, me acostaba del otro, me levantaba, me volvía a acostar… No sabía muy bien qué postura adoptar, porque en todas me dolía bastante. Decidí hacer uso de la pelota de pilates y la verdad es que me vino muy bien. Las contracciones eran fuertes, pero se espaciaban uno o dos minutos, a veces hasta 5. Aguanté una hora y media así, hasta empezaron a ser más dolorosas. Me metí en la cama, estrujé la mano de mi marido y lo desperté.

Con tranquilidad (cosa que agradecí) fue preparando las cosas por si nos teníamos que ir al hospital, pero no paraba de hablarme (cosa que no agradecí tanto). Eran tan fuertes los dolores, que sólo quería centrarme en ellos. No quería que me hablara, no quería tener que estar pensando respuestas, sólo quería concentrarme, respirar y dejar de tener dolor. El sol ya empezaba a hacer acto de presencia y eso me hizo mal, ¿por qué? porque me complicaba esa sensación de intimidad que necesitaba. Así que, 4 horas después de la primera contracción, (sí, 4 horas que, para mi sorpresa, se pasaron muy rápido) cogimos las mochilas y nos pusimos rumbo a la clínica.

¡Qué horror de trayecto! Mira que el lugar elegido para dar a luz está relativamente cerca de casa. (Ni 20 minutos en coche) Pero, ¡mi madre! Sentí cada uno de los baches que había en la carretera. Se me hacía insoportable. El dolor no cesaba, las contracciones no me daban tregua y el tener que estar sentada e inmóvil tanto tiempo en el coche fue insufrible.  Cuando por fin llegamos, nos hicieron pasar por una ventanilla para hacer el ingreso. Yo estaba que me caía del dolor, aguantándome en la pared. Delante de mí había una mujer haciendo cola, me miró y se dirigió a la ventanilla porque era su turno, como si no pasara nada. Y ahí estaba yo, con mis contracciones de la muerte, esperando a que alguien se apiadara de mí. Al final, mi marido tuvo que dirigirse a una enfermera que se encontraba en un cuarto contiguo a la ventanilla para que me atendiera, porque nadie me prestaba atención.

Rápidamente, me pasaron a la sala de monitores y me hicieron el primer tacto: 3 centímetros. ¡El esperar en casa había servido para algo! Estaba muy contenta de escuchar eso.

La matrona que me atendía se presentó, era joven y muy simpática. Pero me lo hizo pasar bastante mal porque no callaba. Me preguntaba de manera constante y yo (por tonta) le contestaba en mitad de las contracciones. Sólo por ser educada. Es que… ¡manda huevos! Tenía mi plan de parto y me preguntaba sobre él. De manera telepática le mandaba mensajes a mi marido, del tipo: “¡Dile que se calle o contesta tú, por Dios, que esto me duele mucho!!!!!!!”, pero él estaba apagado o fuera de cobertura, porque no hubo “doble chek azul”. No lo expresé verbalmente y él se olvidó por completo de lo que nos habían dicho en las clases de la doula, así que tenía que salir de mi concentración y regresar al mundo terrenal, poner en funcionamiento mi raciocinio y ¡sufrir!

El estar en monitores no me vino nada bien. Por desgracia, la prueba del estreptococo dio positivo, así que me tuvieron que pinchar antibiótico. Y ahí estaba yo, tumbada boca arriba en la camilla, con las cintas puestas y una vía. No podía moverme, no podía retorcerme y, para colmo, no paraba de dar respuestas cuando lo que me pedía el cuerpo era silencio.

Cuando, por fin, me llevan a la habitación para que me relaje y me dé una ducha, pido el edema. Sí, ésta fue la segunda contrariedad a mi plan de parto (la primera fue la de monotorizarme y ponerme la vía, pero por culpa del estreptococo, no me quedó otra). Esta contradicción me molestó un poco más, porque yo sabía que un edema no era bueno. Si mi cuerpo necesitaba expulsar algo, lo haría por sí mismo. Cambié de opinión porque, ya en casa, cuando llegaban las ganas de hacer de vientre sentía un calambre que me recorría toda la pierna y me impedía hacer fuerza. Pensé que con el edema me vaciaría y, por consiguiente, ya podría empujar sin calambres. Pues bien, otra enfermera vino a la habitación, me lo puso y al baño que fui. Una vez en el baño, no me podía creer lo que veía. Tenía como un cordón colgando. Era muy grueso, estaba ensangrentado, ¿se trataba del cordón umbilical? ¿Cómo iba a ser el cordón umbilical? ¡Dios, qué era eso! No sabía qué hacer. ¿Tiro? ¿Y si sale el niño detrás! Le pedí a mi marido que avisara a las matronas y me tranquilizaron al decir que se trataba del tapón mucoso. ¿En serio? ¿¿¿¿Todo ese hilo del grosor de una cuerda de amarre de velero es el tapón mucoso?????? Pues yo no me lo imaginaba así. Yo creía que era como el corcho de una botella de vino…

Un poco más relajada tras esa situación angustiosa, me di la segunda ducha, pero seguía sintiendo las contracciones y los calambres en la pierna. No me podía mover. Así que me di por vencida. No podía con tanto dolor. Las contracciones eran constantes. No me daban un margen de recuperación. Unos segundos…, un minuto como mucho. Y caí en la tercera contradicción con mi plan de parto: Pedí la epidural.

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5 comentarios en “Mi parto: las heridas no sólo son físicas (I)

    • Muchas gracias, La Pelu. Al principio estaba contenta con el parto pero, al cabo de los días, de las semanas…, me fui sintiendo mal conmigo misma. Me sentí decepcionada. Supongo que por las expectativas que ponemos en este momento tan especial. Te mando un abrazo fuerte! Gracias por estar ahí 🙂

      • si, yo creo que tb le ponemos muchas expectativas a esto y muchas veces las cosas no salen como soñamos y nos frutramos =( …..como me dijeron, vive el día a día….un abrazote

  1. Nada tan real como que el parto de cada persona es único e inesperado. Por mucho que te lo imagines o lo “planees”, es como la pérdida de la virginidad, cada cual tiene su experiencia completamente diferente al resto y, por más que lo haya querido planear, siempre hay algo que se le escapa 🙂 Por cierto, he leído tu entrada sobre Kiara, te mando un achuchón muy fuerte. Dentro de poco publicaré un post gatuno que seguro que te va a gustar.

  2. Pingback: Mi parto: las heridas no son sólo físicas (II) | Baby made in Spain

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