Lo que no te cuentan de la maternidad

pinturas-al-oleo-madres-con-bebes-en-brazosCuando iba a las charlas de la matrona por la Seguridad Social, me llamó mucho la atención una cosa que nos dijo, que eso de parir no le daba tanto miedo como a nosotras, que ella de lo que de verdad tenía miedo era de lo que pasaría después, de si sabría criarle, educarle… Me chocó. Me sorprendió porque siempre, de lo primero que te hablan en una charla de preparación al parto es, precisamente de eso, del parto. Se centran en cómo detectar las contracciones, cómo controlarlas, cómo respirar…, pero nadie nos habla de lo que pasa después. Es como si la maternidad se redujera al momento del alumbrado. Sí, te cuentan un poco cómo curar el ombliguito del bebé, la importancia del piel con piel durante la primera hora de vida del niño y poco más. A partir de ahí, apáñatelas tú sola. Que luego, cuando pasan las 48 horas de rigor y en la clínica te dan el alta, te empieza a invadir un miedo atroz. Un sentimiento de inseguridad que te recorre el cuerpo. Miras a tu chico, él te mira a ti y la gota de sudor fría va cayendo lentamente por la frente de ambos. “¿Y ahora qué?”

Nadie te ha explicado cada cuánto hay que cambiarle el pañal, cómo hay que bañarle, qué hacer si tiene hipo, cómo saber si pasa frío o se está asando de calor con todas las capas que las abuelas se empeñan en ponerle al crío en pleno mes de agosto, cómo saber el motivo del llanto, cómo detectar cuándo un pecho se ha vaciado y hay que pasar al otro… Son tantas preguntas las que se apoderan de tu mente en un solo segundo, que si fueras un dibujo animado tu cabeza estaría girando sobre sí misma de manera vertiginosa. Ese momento de meter al niño en la silla del coche por primera vez, que le sobra asiento por todos lados, que no sabes si va muy abrochado o poco y, justo, tras 20 minutos intentando que quede todo bien sujeto y con las cosas bien metidas en sus maletas para regresar a casa… ¡¡¡plas!!! una caca asesina se escapa por el pañal y esparce su poderío por toda la sillita. Así que tienes que sacar al niño, utilizar metros de papel higiénico para limpiarla, correr hasta el coche (donde ya habías guardado las maletas) para coger toallitas para el niño, quitarle la ropa con cuidado de no llenarle de mierda hasta las orejas, ponerle una muda nueva, calmarle porque con el trajín ha entrado en cólera, volver a guardarlo todo en su sitio e intentar volver a abrochar a esa criaturita de Dios que se ve diminuta en su grupo 0. Ahí empieza todo. Ahí empieza la cruda realidad. Por eso te traigo hoy este post. Porque durante el embarazo todo se centra en síntomas, nombres e historias de partos, pero nadie te cuenta la cara b de la maternidad.

  1. El terrible monstruo de la mala madre. De lo que nadie jamás te previene es que desde la llegada al mundo del bebé viene a visitarte  el monstruo de “la mala madre”. Es como el anuncio famoso de la menstruación, pero en feo. Se trata de un ser absolutamente maligno que quiere apoderarse de tu mente y aprovecha cuerpos ajenos (tu suegra, tu cuñada, la vecina del quinto…) para hacer calar su mensaje. Tú, que de por sí, estarás llenas de dudas y temores, quieres hacer lo mejor para tu hijo, pero te vas a juzgar constamentente (con la ayuda de otras, como te digo) para saber si eres buena o mala madre. ¿Por qué? Supongo que porque eres primeriza, estás ante una situación desconocida, acabas de parir, estás frágil… y la gente, en lugar de ayudar, opina.
  2. Tu hijo es de todos menos tuyo. Si ya te parecía que las personas de tu alrededor opinaban mucho cuando estabas embarazada sobre dónde o cómo querías dar a luz, los nombres que barajabas para tu niño o lo que comías o dejabas de comer, créeme que no es nada comparado con lo que viene después. Si tu cuerpo había dejado de ser tu cuerpo para convertirte en una barriga con patas a la que todo el mundo podía tocar, en el momento en el que te conviertes en madre, la intimidad de tu casa es la misma que la de Belén Esteban. Absolutamente todos te van a decir lo que tienes que hacer, cuándo hacerlo y cómo debes hacerlo. Tanto tú como tu chico pasan a ser un cero a la izquierda. No tienes opinión y si la tienes, no es válida. No sabes nada de la vida. Tus suegros, tus padres, tus cuñados, todos saben lo que hay que hacer y sí, tú siempre estarás equivocada. ¿Que quieres dar la teta? “Para qué, si eso te esclaviza, que el padre le dé un biberón y así descansas” ¿Que quieres dar biberón? “¡Qué mala madre, que no se pone al niño al pecho. Seguro que es para descansar ella. No es capaz de sacrificarse ni por su hijo…”, “El niño tiene que dormir en su cunita, no puede dormir en tu cama porque no se va a ir nunca y la intimidad de pareja no se debe perder”, “Tienes que abrigarlo más, las manitas las tiene congeladas”, “No lo cojas en brazos, que se malcría”, “Déjalo llorar, que es bueno para los pulmones”, “El niño donde mejor duerme es en el cuco”…  Ahora las preguntas no serán si te encuentras bien o si te estás habituando a la nueva vida, ahora todo serán consejos/imposiciones sobre la vida de tu hijo y sobre la tuya de pareja.
  3. El amor instantáneo no tiene por qué existir. Y no te sientas mal si no sucede. A mí me pasó. Cuando me pusieron al niño sobre mí, me sentí tan rara… no sabía qué hacer con él. Lo miraba, era un ser tan pequeñito, tan arrugado, con la cabeza tambaleante y que no paraba de llorar. Era mi hijo, me decía mi mente, pero toda yo estaba en estado de shok. ¿Es mi hijo? ¿Es el que ha estado dentro de mí estos 9 meses? ¿Y por qué no lloro como todas las buenas madres? ¿Por qué no estoy emocionada? ¿Por qué no reacciono? ¿Por qué me parece todo tan extraño? Ahí empezó a aparecer el monstruo de mala madre. Creo que ya los niños no nacen con un pan debajo del brazo, ¡¡¡¡vienen con el monstruo malvado que te amarga la existencia!!!!
  4. Dar el pecho tiene su aquél. Sí, había leído el libro de Carlos González “Un regalo para toda la vida” unas tres veces, me habían hablado de lactancia en las charlas de la matrona y la doula y pensé que era algo que estaba chupado, pero no. En mi caso, la lactancia, que no fue del todo mala, se me hizo complicada. El niño se cogía bien a ratos, unas veces tenía la boquita en forma de pez y otras le daba por comer a sorbos, a lo pitiminí que le decía yo. Se pegaba más de 45 minutos al pecho, se quedaba dormido, volvía a comer, volvía a dormir… Tenía los pezones muy doloridos de estar tanto tiempo en remojo y del mal agarre, en casa estaba siempre con las tetas fuera cual Afrodita para que curaran bien, gasté toneladas de Purelán y, en alguna que otra ocasión, estuve a punto de tirar la toalla y optar por el biberón. Menos mal que mi chico estuvo dándome su apoyo en esos momentos de caos…
  5. El hambre. La lactancia da sed, sí, pero también mucha hambre y con un bebé que está con teta a demanda es bastante complicado hacer las tareas domésticas y la comida. Me pasé muchos meses llamando para que me trajeran la comida a domicilio. ¿Un consejo? Que te llenen el congelador de tuppers ricos ricos. Ése es mejor regalo que la típica cestita con productos de higiene para recién nacidos.
  6. El apoyo de tu chico es INDISPENSABLE. Es fundamental e, incluso, vital. Que procure el bienestar de los 3, que cuide el tema de las visitas, que sepa decirle a los demás que prefieres no dar el pecho en público (si es el caso), que se ocupe de la casa sobre todo durante los primeros días, que te escuche y comprenda los cambios hormonales, tus bajones, tus dudas…, que apoye tus decisiones y te llene de mimos y amor, que corte los comentarios negativos y las críticas destructivas de los demás, que sea capaz de luchar contra ese monstruo de 7 cabezas que ha llegado a tu casa… El papel de tu pareja es clave en estos primeros momentos de maternidad.

critica-2Aparte de estos 6 puntos básicos que creo que toda futura madre debe saber, hay otras muchas cosas que nadie me contó. Por ejemplo, a mí nadie me contó lo que dolían los puntos y que te dan un líquido para la cicatriz de la episiotomía (aún no sé ni cómo había que echárselo), ni que iba a tener miedo de hacer de vientre por temor a que se abrieran.

Sí me contaron (pero pocas se atrevieron) que cuando vas a parir tienes muchas ganas de hacer aguas mayores y, a veces, te ofrecen ponerte un edema. Y, sí, te lo ponen con tu marido delante (si el mío ha sido capaz de aguantar esa imagen y ha seguido conmigo, creo que lo va a hacer toda la vida).

Nadie me contó que nada más llegar a la habitación, tras tener al bebé, una enfermera iba a pellizcarme el pezón sin permiso y sin avisar para comprobar la cantidad de calostro que tenía, ni que junto con otra muchacha me iban a apretar el útero para que volviera a su sitio. (Duele mucho. Yo no sé si te puedes negar a que te lo hagan pero si tengo otro bebé, no quiero volver a pasar por ello).

Nadie me contó que iba a darme tanta penita ver a mi bebé en su cuna en el hospital, hasta el punto de meterlo a dormir conmigo desde la primera noche.

Nadie me contó que al intentar volver a tener relaciones sexuales (a los muuuuuuchos meses, porque el apetito sexual ni asomaba) la zona iba a estar seca reseca e iba a doler horrores.

Nadie me advirtió sobre cómo detectar los cólicos. Estuvimos varias noches intentando controlar un llanto desolador, haciendo todo lo posible por meter teta para calmarle (porque según las madres/suegras/cuñadas/vecinas entendidas, si llora, siempre siempre, es que tiene hambre), hasta que nos dimos cuenta (mirando por internet) que eran cólicos.

Nadie nos dijo que hay pediatras super desactaulizados y metiches, que te dicen dónde tiene que dormir el niño o con quién, que te recomiendan una marca de leche de farmacia aunque el niño vaya genial con el pecho “por si acaso se te va la leche, Dios no lo quiera”.

Nadie me contó cómo aprender a hacer oídos sordos a los opinólogos, cómo superar este baile hormonal, cómo afrontar el baby blues. Nadie me dijo que no iba a tener tiempo para ducharme, mucho menos para cocinar ni hacer tareas domésticas;  que tenía que tener un sacaleches para aliviar los pechos durante los primeros meses, que no debía acostar al niño justo después de comer porque le ocasionaba reflujo…

Nadie me contó que iba a ser espantoso ir en coche con un bebé que llora como un descosido nada más sentarlo en su sillita….

Y aún así, aún con todo lo que cuento, la maternidad es maravillosa. Es dura, máxime cuando no tienes más ayuda que la de tu marido. Hay muchos días que me hubiera tirado por la ventana (eso, porque la opción de coger el rifle y cargarme a todo Dios estaba descartada, no tengo rifle), pero también es verdad que hay momentos mágicos y maravillosos. Sus miradas sonrientes, sus caricias, el sentir su respiración mientras duermes junto a él, el que te coja la mano… Esos momentos hacen que todo valga la pena. Esos momentos dan sentido a la vida, a esta nueva vida

 

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6 comentarios en “Lo que no te cuentan de la maternidad

    • Muchas gracias. Creo que los post edulcorados no nos hacen nada bien, porque luego una tiene unas expectativas o se imagina unas cosas que se alejan bastante de la realidad y es cuando llegan los chascos, además, en este caso hay que tener en cuenta que el desengaño llega en un momento de hormonas locas que hace que todo nos afecte mucho más. Gracias por leerme y escribirme:)

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